¿Quién teme a la productividad?


La economía española tiene varios problemas estructurales: alto desempleo, tanto general como juvenil, problemas de sostenibilidad de las pensiones, bajos salarios, etc. Todos estos problemas están conectados con un mismo origen: la baja productividad de la economía. Es bien conocido que no es fácil encontrar temas en los que se pongan de acuerdo los economistas. De hecho el chiste dice que si tienes dos economistas acabas con al menos tres opiniones. Sin embargo uno de esos pocos puntos en que todos coinciden es la importancia fundamental de la productividad. Una economía donde no crece la productividad es una economía destinada al fracaso en el largo plazo. En el corto plazo el crédito, los factores de demanda, etc. puede mantener la ficción de una economía saneada y próspera pero, en el largo plazo, solo la productividad puede sostener el aumento de bienestar de los ciudadanos.

“Si uno busca la palabra “productividad” en el documento que sirve de base al acuerdo de gobierno de PSOE y UP solo aparece dos veces en 50 páginas. Una vez en el primer párrafo de generalidades de la carta a los Reyes Magos y otra vez cuando se habla del SMI. Curioso”

De esta forma resulta curioso que si uno busca la palabra “productividad” en el documento que sirve de base al acuerdo de gobierno de PSOE y UP solo aparece dos veces en 50 páginas. Una vez en el primer párrafo de generalidades de la carta a los Reyes Magos y otra vez cuando se habla del SMI. Curioso. Sin embargo, la evolución de la productividad en España ha sido más que decepcionante: entre 2001 y 2016 la productividad de la economía española ha caído cerca de un 10%. Se podría pensar que en lugar de utilizar “productividad” aparece la palabra “competitividad”, aunque no es lo mismo. Pero tampoco: “competitividad” aparece mencionada 5 veces y solo de refilón.

También resulta sorprendente que en la decisión de subir el salario mínimo se utilicen argumentos que ningún economista sensato usaría. Ciertamente el tema del impacto del salario mínimo es una de esas cuestiones que no concitan consenso entre los economistas. Pero lo que ningún economista profesional argumentaría es que subir el salario mínimo no genera efectos negativos porque afecta a los trabajadores que menos ganan, que son los que tienen mayor propensión marginal a consumir. Por tanto subir el salario mínimo aumenta el consumo y con ello la producción, la inversión y la contratación. En fin, un ciclo virtuoso. Pero, si es así, ¿Por qué no subir el SMI a 3000 euros? En estos niveles la propensión marginal a consumir sigue siendo muy alta. La razón es que el argumento del consumo no tiene sentido. Al incrementar el salario mínimo la producción aumentará si las empresas siguen ganando dinero para seguir produciendo. Si se sobrepasa los límites del sistema las empresas dejarán de ganar dinero, cerrarán y despedirán a los trabajadores.

¿Qué determina este límite? La productividad. Tampoco es de recibo el argumento de que el salario mínimo tiene que llegar al 60% del salario medio de la economía. ¿De dónde sale este número mágico? ¿Hay alguna justificación para este objetivo? La respuesta es negativa. Ese número, 60%, podría tener relación con el límite que marca la definición estadística del umbral de pobreza. Sin embargo, si este es el origen, no se interpreta correctamente. El umbral se define como el 60% de la renta mediana y no media. Además, si el objetivo fuera poner a todos por encima de este umbral lógicamente esta medida no lo conseguiría. Pero lo más importante es que este objetivo para el SMI es totalmente arbitrario. De nuevo lo que importa es la productividad. Es más, como se ha señalado más arriba, incluso el documento firmado por PSOE y UP reconoce que la productividad debe ser uno de los factores clave para guiar la evolución del SMI.

Un trabajo publicado recientemente por Manuel García-Sentana y colaboradores, con el sugerente título de “Creciendo como España”, muestra indicaciones de las posibles causas de la caída de la productividad en la economía española. El trabajo se basa en un hecho: la productividad de la economía española entre 1995 y 2007 cayó a una tasa anual del 0.7%. Los autores argumentan que la fuente de ese comportamiento negativo de la productividad es el aumento de la mala asignación de los factores de producción entre empresas, incluso dentro del mismo sector. El estudio muestra que para todos los años entre 2000 y 2007 se produjo un deterioro de la eficiencia en la asignación eficiente de recursos entre empresas, que se observa tanto en el sector manufacturero como en la construcción y los servicios. En particular, si la eficiencia en la asignación de recursos dentro de cada sector se hubiera mantenido constante al nivel observado en 2000, la productividad habría crecido al 2,4% anual entre 2000 y 2007.

En última instancia la causa de esta mala asignación entre empresas del mismo sector es la conexión de políticos y altos funcionarios (“crony capitalism”) con las empresas hacia donde se dirigieron los recursos. Estas conexiones permiten a empresas poco eficientes tener un tratamiento privilegiado de la administración pública y, por tanto, aumentar su peso en la economía. De esta forma se observa que en sectores donde la administración pública tiene más influencia en el éxito de las empresas (como el sector de la construcción) la asignación de recursos no se dirige a las empresas más eficientes sino a las mejores conectadas, lo que reduce la productividad general de la economía. A pesar de esto parece que nadie quiere hablar de la productividad. Ya veremos por cuanto tiempo.

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