La suerte del liberalismo no está echada


A pesar de algunas opiniones prematuras, no está claro que los ciudadanos apuesten por un mayor papel del Estado en aquellos ámbitos que desborden su papel de asegurador de unos estándares mínimos.

El momento crítico de la pandemia en Europa no se produjo en abril o mayo, sino a comienzos de marzo. El día 3, el presidente francés ordenó a su gobierno incautarse de productos y materiales para luchar contra el coronavirus. El día 4, Alemania prohibió a sus empresas exportar material sanitario… Cada día alguien dio un mazazo al mercado único. La Unión Europea se esfumó. Un verdadero sálvese quien pueda.

Europa está atrapada en una trampa que ella misma tendió: Bruselas se jacta de que el principal producto que exporta es la regulación, pero es esa regulación la que ha impedido que Apple y Google puedan colaborar con el gobierno francés para sacar adelante una aplicación que permita combatir el coronavirus

“Cuando la lógica no puede decidir, lo hace la supervivencia”, escribió el historiador William H. McNeill, fallecido en 2016[1]. Él es uno de los autores que advirtió que la capacidad humana de abarcar fenómenos complejos, como una pandemia, es limitada. El coronavirus nos sorprendió en un momento en que el Universo entero nos parecía manipulable, incluido el clima, cuando no es así. Ni siquiera el prestigio de la ciencia saldrá intacto después de la feria de las vanidades en que se ha convertido la investigación médica y la proliferación de prepublicaciones no sometidas a validación.

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