¿Se va a beneficiar el populismo de la crisis de la covid?


La amenaza no se limita al posible ascenso de los antisistema. Puede que la pandemia no derribe democracias, pero es probable que cambie la forma en que funcionan y socave sus principios.

Las dos últimas crisis europeas importantes produjeron terremotos políticos por todo el continente. A lo largo de una década se han producido cambios profundos en el panorama político de las democracias europeas. La crisis del euro fue una semilla a partir de la cual germinaron detractores radicales de la economía neoliberal, como Syriza, Podemos o el Movimiento 5 Estrellas; la crisis migratoria resultó ser una oportunidad para partidos nacionalistas y xenófobos, por ejemplo la Lega de Salvini o AfD en Alemania. Aunque las repercusiones de la revolución populista han sido desiguales, esta ha dejado su impronta por doquier al cuestionar no solo la ortodoxia económica sino, lo que es más importante, también los principios de la democracia liberal. ¿Será la crisis de la covid, el “cisne negro” más reciente de la política europea, otro empujón, quizás decisivo, para el resurgir de fuerzas desestabilizadoras?

No es obvio que la crisis signifique un avance decisivo de populistas, nacionalistas y euroescépticos, en contra de la opinión de que abre la puerta para el renacimiento definitivo del egoísmo nacional. Hasta ahora, los Salvini, Le Pen o Strache no han conseguido ampliar su apoyo en ningún lugar de Europa

Escribo estas líneas tan solo un día después de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Polonia. Aquí la crisis de la covid se ha convertido en lo que se cree que es el punto de inflexión para la democracia polaca. Desde 2015 el partido populista Ley y Justicia (PiS) ha llevado con mano firme las riendas del poder, y el actual presidente Andrzej Duda ha alentado su asalto sin tregua contra la independencia de los tribunales y los medios de comunicación. Su reelección afianzaría la consolidación del PiS en la estructura del estado por otros tres años más, y puede que muchos más. El Gobierno del PiS insistió en celebrar las elecciones el 10 de mayo a pesar del pico de la pandemia. En época de miedo, en general la gente tiende a unirse en torno a sus gobiernos. Mientras que los rivales de Duda no pudieron hacer campaña debido al confinamiento, el presidente aprovechó numerosas apariciones públicas y fue presentado por los medios de comunicación afines como un extraordinario gestor de crisis. Sin embargo, al final las elecciones terminaron siendo un sainete: no se celebraron porque, básicamente, el gobierno no fue capaz de organizarlas. Las discrepancias internas por la fecha de las elecciones que produjeron su aplazamiento revelaron grietas internas. Es cierto que Duda puede ser reelegido (obtuvo un 43 por ciento de los votos en la primera vuelta), pero no puede estar seguro. Al contrario que Viktor Orbán en Hungría, que implantó el gobierno por decreto usando la crisis de la covid como pretexto, el PiS ha fracasado en su intento de subirse a la ola. La crisis no se ha convertido en un acelerador de la reversión democrática polaca. En lugar de eso, la reacción ante la tentativa del Gobierno de cobrar ventaja con la crisis ha desencadenado fuerzas que en el futuro pueden debilitar a los populistas.

Evidentemente, en otros países donde todavía no ocupan el poder, los populistas aún pueden sacar tajada de la recesión económica que de manera inevitable va a golpear a Europa. Además, las amenazas para la democracia no se limitan al posible ascenso de los partidos antisistema. Puede que la pandemia no derribe democracias, pero es probable que cambie la forma en que funcionan y socave sus principios esenciales. El riesgo de contagio es un lastre para la confianza entre los ciudadanos. La escolarización en línea agudiza las desigualdades. Y la protección de los derechos civiles y la privacidad no está ni mucho menos garantizada en esta era de confinamientos impuestos a toda prisa y de nuevas aplicaciones. Todo esto crea un nuevo equilibrio en las democracias europeas que, cuando menos, podría exigir un nuevo contrato social entre los ciudadanos. Este nuevo consenso sobre derechos y obligaciones, el papel del estado y los límites de su poder no se logrará sin una amplia participación y sin un debate público. A falta de ello, es probable que el vacío lo llenen aquellos que prosperan gracias a sentimientos antielitistas y teorías de la conspiración.

Sin embargo, todavía no es obvio que la crisis de la covid signifique un avance decisivo de los populistas, nacionalistas y euroescépticos, en contra de la opinión generalizada pero equivocada de que abre la puerta para el renacimiento definitivo de los estados-nación y el egoísmo nacional. Hasta ahora, los Salvini, Le Pen o Strache no han conseguido ampliar su apoyo en ningún lugar de Europa. Una encuesta de opinión pública paneuropea en varios estados miembros de la UE encargada en abril por el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores ha revelado que los europeos no se hacen muchas ilusiones con la eficiencia de soluciones nacionales frente a amenazas globales como una pandemia o el cambio climático. Aunque también están decepcionados por la forma en que la Unión Europea ha respondido a la crisis, no creen que la respuesta correcta sería reforzar los estados-nación. Cerca de la mitad de los europeos (siendo la opción preferida aunque no mayoritaria) quieren un fortalecimiento de la UE como la única protección viable en un mundo en el que se sienten cada vez más solo. Es un sentimiento que invita a la esperanza. ‘Polonia todavía no está perdida’ es el verso más famoso del himno nacional polaco. Cuando los polacos vuelvan a votar el 12 de julio y elijan entre Duda y su contrincante Trzaskowski, esta metáfora seguirá siendo real para aquellos que se oponen a los populistas. Pero la resistencia europea frente a la seducción populista tampoco se ha perdido. En lugar de empujar a Europa hacia el abismo, la crisis de la covid podría incluso ayudar a revertir la tendencia que ha cuajado en el continente durante la última década.

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